CUENTIPOE INFANTIL-
NICO Y LAS
SEMILLAS MORADAS
Apenas cayó la noche veraniega
acomodándose sobre los pinares,
entre los aromas de lomadas floridas
y los deleitosos mandarinos cargados,
la luna guiñó su ojo de plata sonriendo
al búho que lanzó su ululato tenebroso.
Los zorros fueron a sus madrigueras
y a
las alturas, los pájaros.
Una miríada de luciérnagas, grillos,
mosquitos y mariposas nocturnas
aparecieron en un pestañear de capullos.
Los silencios de la casa se mezclaron
con los ronquidos del gato Bolita
y el respirar del guardián Torito,
un perro de rara alcurnia y casta
pero
astuto y de buen trato.
Pedro, el padre de Nico bebía café
y su madre Kiara ordenaba la mesa.
El niño desde su cama miraba afuera.
Le fascinaban todas esas pequeñas luces
en el cielo y entre la noche espesa,
el silbido del viento y el graznar de patos
al pasar sobre el techo que lo llevaban
a un
mundo de sueños, de imaginación.
Se durmió con un croar de sapos
y el crujir de hojas bajo sus párpados
Al soñar se vio cruzando el mar azulado
en el lomo de un albatros inmenso.
El lo llevaba hasta una gran montaña
cubierta de hojas de colores mágicos
que hacían cosquillas bajo los pies
y
reían con voces finitas, casi de hormigas.
Encontró durmiendo plácidamente
una gran hoja de ojos dorados.
Y se dio un gran susto cuando la vio
abrir su boca enorme para bostezar.
-¡Hola Nico!¡Bienvenido a mi reino!-
Le dijo, dándole unas moradas semillas:
-¡Toma
y siembra en el patio!
¡Para que siempre haya alegría y suerte!
Quiso hacer preguntas pero llegó
a su cama más rápido que un rayo.
Abrió su mano apuñada ¡y allí estaban!
las semillas que al otro día, ansioso
enterró con ayuda de Torito y Bolita
Y vio que crecían más pronto que él pasto
los jacarandaes dieron amontonados racimos
lilas
y un manto de mágicas flores violáceas.
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