La tristeza es más fuerte que el color diferente de
la piel… 
Ella estaba allí
parada, tan sola
con su mirada de niña
perdida.
Perdida en medio del
paisaje natural
como extranjera de
otras lenguas,
de otros sentimientos y
vivencias.
El viento no ayudaba a
borrar
el desencanto y el
apuro
de su rostro negro empalidecido
del susto, de no saber
que hacer
ni a donde ir.
Su única compañía era
un tranquilo gato
que la observaba a
corta distancia,
como esperando a que
reaccionara.
A que atinara a marchar
o por lo menos
a soltar su voz, o su
llanto, o su furia
tal vez su risa.
El pelo se agitaba
enredándose
en su vestido, en su
rostro.
Sus pies estaban
descalzos y fríos.
Sus labios cada vez más
violáceos.
¡El alma se le
congelaba por los ojos!
Se había vuelto
permeable a la ráfaga
que comenzó danzando a
su alrededor
y luego se apoderó de
sus sentidos.
Y se hizo parte de la
ráfaga.
¡Había perdido la
batalla!
Creyó que era un montón
de desengaños.
Pensó que hasta de
equivocada
se había vuelto blanca.
Se llenó de
desorientación y dudas.
Se colgó su frustración
a la cintura
como lazo de raso
festivo lo cargó.
Guardó sus tristezas en
el pañuelo.
Pensó que sus pies
sangrarían
si continuaba
caminando.
Recordó en un toque de
cordura
que solo eran ella y su
alma.
Nadie la seguiría.
Nadie impediría que se
marchara.
De tanto en tanto a lo
largo del camino
un gato maullaba a sus
espaldas…
A.S. 03/02/2015

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