domingo, 15 de febrero de 2015

El color de la tristeza


                                                                  La tristeza es más fuerte que el color diferente de la piel… 


Ella estaba allí parada, tan sola
con su mirada de niña perdida.
Perdida en medio del paisaje natural
como extranjera de otras lenguas,
de otros sentimientos y vivencias.
El viento no ayudaba a borrar
el desencanto y el apuro
de su rostro negro empalidecido
del susto, de no saber que hacer
ni a donde ir.
Su única compañía era un tranquilo gato
que la observaba a corta distancia,
como esperando a que reaccionara.
A que atinara a marchar o por lo menos
a soltar su voz, o su llanto, o su furia
tal vez su risa.
El pelo se agitaba enredándose
en su vestido, en su rostro.
Sus pies estaban descalzos y fríos.
Sus labios cada vez más violáceos.
¡El alma se le congelaba por los ojos!
Se había vuelto permeable a la ráfaga
que comenzó danzando a su alrededor
y luego se apoderó de sus sentidos.
Y se hizo parte de la ráfaga.
¡Había perdido la batalla!
Creyó que era un montón de desengaños.
Pensó que hasta de equivocada
se había vuelto blanca.
Se llenó de desorientación y dudas.
Se colgó su frustración a la cintura
como lazo de raso festivo lo cargó.
Guardó sus tristezas en el pañuelo.
Pensó que sus pies sangrarían
si continuaba caminando.
Recordó en un toque de cordura
que solo eran ella y su alma.
Nadie la seguiría.
Nadie impediría que se marchara.
De tanto en tanto a lo largo del camino
un gato maullaba a sus espaldas…


A.S.   03/02/2015

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